Los museos, en el marco de la llamada sociedad de la información, ya no son los templos de sabiduría de antaño. Son muchos los centros que se plantean cómo atraer al público y cómo hacer sus exposiciones y fondos más accesibles para todo tipo de audiencias. El uso de tecnologías de la información y, sobretodo, una clara voluntad pedagógica se perfilan como los ingredientes fundamentales para atraer visitantes a los centros. Y, sobretodo, hacer que disfruten de su visita.

Llegó el momento de participar más activamente de la cultura
La introducción de las tecnologías en el mundo del arte, como en otros sectores sociales, siempre ha precisado de un “tiempo de asimilación”. Según un estudio que realizó Dosdoce el pasado año, nuestros museos todavía andan con miramientos a la hora de introducir las nuevas tecnologías no sólo en sus salas, sino incluso como estrategia para la comunicación y difusión de sus actividades. Para Javier Celaya, que dirige la institución y ha encabezado el estudio, los centros de arte españoles no sólo no sacan partido de las tecnologías, sencillas y asequibles, disponibles sino que continúan ostentando un modelo de comunicación vertical. En la era de los blogs, la Wikipedia y, en general, la red entendida como una conversación de igual a igual, las instituciones siguen manteniendo prácticas donde éstas ostentan el poder y vehiculan un único discurso “oficial” de arriba (el departamento de comunicación o los servicios educativos) a abajo (medios, lectores de la prensa pero también los visitantes al centro y los usuarios de sus sitios web.
Ante este panorama, son pocos los centros que permiten, por ejemplo, que el público exprese su opinión, ofrezca su punto de vista sobre determinada obra o exposición no sólo en el marco del edificio sino, mucho más simple, a través de sus páginas web. En definitiva, incluso en la era de los denostados “museos espectáculo”, es posible que no pocos aún perciban “el Arte” como una disciplina “sublime” para cuyo entendimiento, el público no versado en la materia precisa de una explicación “única”, en el marco de una comunicación unívoca (sea ésta en forma de guía, audioguía, hoja de sala, página web).
La educación, una demanda al alza
Todas estas cuestiones además, vienen marcadas por una cierta crisis de esa forma de transmisión. En un momento de acceso inmediato a la información, de organización horizontal y de cuestionamiento de la idea de autoridad, los museos y centros deben plantearse nuevos modelos para atraer al público, comunicarse con él y qué desea transmitir a través de este proceso. En este sentido, una de las figuras que cobra más importancia son los llamados “servicios educativos”, los encargados de transferir ese mensaje al público, sea este experto o no. Deberían plantearse si, a la vez, también ayudan a fomentar el diálogo y recoger sus opiniones. Igual que vimos que los educadores se plantean valores y temáticas que van más allá de los ejercicios y temarios, son muchos los centros de arte que, a través de este tipo de actividades, lanzan debates sobre determinadas cuestiones, relacionan la creación con hechos de la actualidad o plantean dinámicas enriquecedoras para los asistentes. Y es que, a menudo, como ya vimos en las experiencias educativas recientes, las actividades sirven como punto de partida para discutir valores relacionadas con la sociedad contemporánea y sus valores.
Cabe decir que estos departamentos educativos están cobrando cada vez más importancia en la estructura de los museos. En una entrevista reciente al blog A-Desk, a Vicente Todolí, director de la Tate Modern de Londres, se le preguntó sobre la tendencia creciente de “convertir los centros de arte en centros educativos”. Según éste, se debe a su financiación pública pero, especialmente, porque es una forma de “crear el público del futuro” además de ser “la única vía con la que tratar la diversidad” y dar acceso a la cultura a “gente de áreas poco desarrolladas”. En la entrevista también se afirma que este es “un fenómeno que va a crecer en los próximos años”.

La cuestión del antes y el después
Eso es algo que todos los centros tienen claro, nos cuenta Glòria Valls desde Caixaforum, sede barcelonesa de la Fundació La Caixa. Desde el mismo nacimiento de la fundación ya se pusieron en marcha actividades en principio “dirigidas a las escuelas”. Con a apertura del centro, éstas se centralizaron en la sede de Montjuïc. Los destinatarios de los talleres, conciertos y demás propuestas son el público infantil, las familias y las personas mayores, aunque “fundamentalmente están dirigidas a los niños”, puntualiza Valls. Las actividades parten siempre de una exposición para establecer “relaciones transversales entre disciplinas artísticas y momentos históricos” utilizando “los referentes de los niños para contextualizar las obras.”
La responsable de los servicios educativos del centro nos cuenta que, a pesar de que en estos momentos la mayor parte de los talleres se realizan después de la visita, es partidaria de los ejercicios previos que ayudan a poner en contexto lo que se va a ver además de “estimular la curiosidad de los niños”. En este sentido, destaca el material para escuelas donde una exposición se convierte en “centro de interés” para diferentes materias. Una forma de estructurar las clases que ya vimos durante las experiencias relatadas en el Congreso de Inteligencias Múltiples. Pero, ¿qué papel tiene la tecnología en todo esto? Caixaforum se está planteando que las pequeñas obras de arte resultantes de los talleres y actividades puedan estar en la página de la fundación. De hecho, recientemente se presentaron las canciones escritas durante el taller “RAPsodas”, dedicado a la historia del hip hop, en un concierto presentado por auténticos representantes de este género musical. Y es que parece importante que el producto de este aprendizaje pase a formar parte de la cultura y la sociedad. Por cierto que este taller es un excelente ejemplo de como las actividades sirven para discutir valores más allá de la práctica artística en cuestión. En “RAPsodas” se atrae al público mediante una explicación sobre un género que conocen muy bien nuestros adolescentes: el rap. A partir de este “gancho”, los asistentes realizan una actividad relacionada directamente con el currículo escolar: escribir un tema, donde se trabaja sobre aspectos literarios como la rima, el lenguaje, etc. Aunque el objetivo último es fomentar el trabajo en grupo de manera ordenada y democrática. El valor del respeto al prójimo y la importancia de la solidaridad y las labores colaborativas es algo que se incluyó, asimismo, durante la explicación, como uno de los principios positivos de estos “raperos”.
Obras de arte en clase
También por el trabajo previo a la visita está apostando el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Según nos cuenta Jorge Ribalta, Responsable de los Programas Públicos del centro, la experiencia “se plantea en dos tiempos: primero, el personal del museo explica la Colección en las escuelas para después, realizar la visita”. Para Ribalta, “se trata de crear un cierto debate sobre el período que abarca la colección”, desde la posguerra a la actualidad. “Son temas históricos que generan debate, pero éste debe ser relevante y útil para diferentes disciplinas y para la vida contemporánea”. Otra forma de estimular el interés a priori es mediante Expressart. Este material didáctico creado por el propio centro consiste en una maleta con una serie de pequeños objetos que guardan relación con las obras de la colección. El material puede usarse de forma abierta y como elemento central de varias asignaturas, desde la expresión plástica hasta las ciencias. Según las experiencias de los profesores, estos objetos sirven de punto de partida para clases abiertas, donde es el diálogo y los intereses de los propios alumnos los que acaban determinando los contenidos a tratar. Se fomenta, en cambio, que sean los estudiantes quienes se expresen y sean capaces de documentarse y elaborar los materiales. La apuesta por este “trabajo previo” responde al interés del centro a “implicar a los profesores en la vida del museo, que de hecho, debería formar parte de los currículos escolares”. En opinión de Ribalta, los campos de educación, cultura e investigación “están separados en la sociedad contemporánea y eso es algo erróneo”. De la misma forma, se apela al “trabajo en red, entre centro, escuela y familia” para “ofrecer modelos y experiencias que traspasen el espacio del museo”. Esta labor es necesaria especialmente en el ámbito del arte contemporáneo donde, además, “hay que vencer los muchos prejuicios que despierta en el público no experto.”

Fomentar la participación
La tecnología puede ser una herramienta de comunicación, no sólo entre el museo y el público, sino entre los visitantes y las obras. Al estudio específico de estas materias, la comunicación entre las industrias culturales y la tecnología, se dedica Virtueel Platform. Se trata de un instituto financiado con fondos públicos que, desde 2001, trata de construir puentes entre organizaciones y empresas dedicadas a la tecnología y la cultura. Hablamos con Martine Posthuma de Boer, directora de programas de esta institución, sobre uno de los talleres más recientes realizados en VP: un seminario sobre museos y tecnología. “Creo que hay un gran potencial en el contenido disponible en los museos. Si creamos aplicaciones bien diseñadas podemos aportar un contexto que dé significado a todo este contenido. Hasta el momento, los museos se han preocupado sobretodo de la digitalización y no de la contextualización”. Para esta organización, el sector cultural debe entrar en el dominio virtual y digital, ya que son nuevos canales para entrar en contacto con el público.
Aunque además de dotar de nuevos medios, también están cambiando las formas de experimentar la cultura. “La cultura actual trata sobre crear y ‘hacerlo uno mismo’. Los medios interactivos han favorecido la participación. Las organizaciones culturales deben anticiparse a las posibilidades de participación de esta sociedad en red”. O lo que es lo mismo, “nuestra cultura trata sobre las relaciones y las dinámicas sociales.”
Arte y patrimonio “para llevar”
En este sentido, Virtueel Platform organizó el pasado verano el taller Take away the museum (”Museo para llevar”), donde participaron tanto profesionales de la museología, documentación, etc. como provenientes del ámbito tecnológico. El moderador de este taller, Dick Rijken, formula una de las principales conclusiones alcanzadas: “va a haber menos certeza sobre qué es verdadero y más espacio para el error y, sobretodo, más para el pluralismo”. Es decir, estos nuevos experimentos fomentan la participación mientras tratan de eliminar el prejuicio del “significado único” de la obra, que precisamente, hace que el espectador se cohíba.
Martine nos cuenta algunas de las experiencias desarrolladas en el marco de Virtueel Platform. Por ejemplo, habla de la colaboración de dos museos dedicados a la música (Gemeentemuseum de La Haya y el Wereldmuseum de Rotterdam) con 3voor12.nl, una emisora online holandesa). “El centro posee un importante fondo de instrumentos antiguos de diferentes lugares del mundo”, que difícilmente se encuentran fuera de los museos y apenas nadie sabe “cómo suenan”. El centro holandés subió a este servicio de radio una serie de muestras procedentes de estos instrumentos musicales. Este experimento ha puesto a disposición del público una serie de músicas que de otra manera no estarían a su alcance, permitiendo a los usuarios no sólo escucharlas, sino también usarlas libremente, tanto copiar las piezas como “remezclarlas” o utilizarlas en sus propias composiciones.

En el marco del mencionado workshop se lanzaron algunas ideas (que por el momento no han derivado en proyectos reales) interesantes sobre como utilizar el potencial de la tecnología para la difusión de la cultura. Los talleres estaban dirigidos por Ulla Maria Mutanen, que ha puesto en marcha ThinkLink.org, un proyecto donde diseñadores, artistas y artesanos puedan “etiquetar” su obra, y por Mediamatic, estudio que ha desarrollado Symbolic Table, una mesa interactiva que muestra información de objetos etiquetados con tecnología RFID. Ambos proyectos, a diferencia de las propuestas de los talleres, están en funcionamiento. La principal premisa de estos talleres era que las ideas debían partir de la relación entre software, objeto y relación personal. De nuevo, pues, volvemos a la necesidad de que los usuarios interactúen entre ellos. Uno de los grupos participantes pensó la posibilidad de sustituir las audioguías por un sistema de palabras clave o “tags” que los mismos usuarios hayan propuesto. Utilizando esta misma tecnología, se podría identificar el itinerario de cada visitando, guardándose estas “sesiones” para visitas posteriores. Los visitantes podrían saber si otros comparten sus palabras claves, favoreciéndose así la interacción entre ellos. Otro de los grupos participantes tuvieron una idea similar, aunque poniendo las etiquetas RFID en una tarjeta junto al objeto. El visitante podría coger aquellas tarjetas de las piezas que más le interesan para usarlas después para obtener más información de la Symbolic Table.
Cuando el espectador define las obras
Este tipo de experiencias proliferan en todo el mundo. Así, el proyecto Steve trata de explorar el poder de las descripciones generadas por los usuarios (al estilo de aplicaciones como el servicio para compartir imágenes, como el popular Flickr, o favoritos, como Del.icio.us) para atraer y mejorar el acceso online a las colecciones de los museos. Steve es una iniciativa que parte del Museo de Arte de Indianapolis y está financiado con fondos públicos y, esencialmente, participan voluntarios provenientes de diferentes museos norteamericanos. Para este proyecto, la posibilidad de que los usuarios pueden describir las obras a partir de su propias palabras, y no a partir del lenguaje especializado de comisarios y expertos en historia del arte, pueden ayudar a otros espectadores a encontrar interés en ellas. Según los impulsores de Steve, lo que los visitantes de una exposición recuerdan sobre las piezas, a menudo, no está descrito en la documentación del museo. Por esta razón pretenden acercarse a la terminología creada por los usuarios, creando descriptores que podrían utilizarse luego en la información que generan los museos.
¿Obras o exposiciones?
A pesar de lo bientiencionado de estos experimentos, reconocemos que hay ciertas cuestiones En un artículo reciente en El País, el periodista y crítico musical Diego Manrique habla de cómo los reproductores MP3 están “acabando”, en cierta manera, con la narrativa interna de los álbumes para ensalzar “las unidades” mínimas de las canciones. Salvando las distancias, las experiencias aquí relatadas parecen fomentar que el espectador se acerque a obras de manera independiente o cree sus propios itinerarios en el marco de una exposición. En definitiva, como en tantas otras disciplinas, se prioriza la unidad descontextualizada al discurso más complejo. Una exposición no es una sucesión de obras independientes, sino que éstas se relacionan entre ellas vehiculando un discurso global. Las propuestas de “etiquetado social” o elaboración de un recorrido propio (mediante tecnología RFID, por ejemplo) parecen forzar al espectador a ignorar esta idea “narrativa” propia de un proyecto expositivo. Por su parte, la periodista Lindsay Irvine desde su columna en el diario The Guardian y en referencia al proyecto Steve, cuestionaba la utilidad del experimento además de criticar que las obras se presenten sin más información que la que aporta el usuario. De esta forma, continúa Irvine, cabe la posibilidad de que se igualen “a la baja” los conocimientos, cuando uno de los problemas por los que fallan las búsquedas sobre arte suele ser, precisamente, por errores básicos de los usuarios como, por ejemplo, faltas de ortografía al indicar el nombre de obras o artistas. Se plantea aquí un problema fundamental en esta cuestión: cómo mantener el equilibrio entre el rigor y la cercanía al público.
Conclusiones:
La estructura de la comunicación ha cambiado y debe transformarse también en el ámbito de la cultura si desea conectar con el público. Una de las herramientas más eficaces no sólo para “explicar” los contenidos sino también para fomentar el diálogo son los servicios pedagógicos de museos y centros de arte. Estos departamentos se plantean diferentes metodologías para que la visita a la exposición sea más rica y sirva como centro sobre el que puedan girar diferentes materias.
Mientras en nuestro país los museos todavía tienen ciertos reparos a la hora de adoptar las tecnologías de la llamada web 2.0, que facilita la participación y “conversación” entre usuarios, hemos dado con diferentes experiencias tanto en Estados Unidos como en Europa, que le dan al visitante el poder de elaborar sus propios contenidos, clasificar las obras con un lenguaje más cercano o crear sus itinerarios de visitas a las exposiciones. Una suma de todas estas ideas, manteniendo el rigor propio de estos centros, puede tener por resultado algo parecido al “museo del futuro”.
Utani
Comments (1)
convertir los centros de arte en centros de educacion, es una magnifica forma de dar acceso al arte a personas “amantes del arte” pero con escasa preparacion artistica.



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