Desde Utani vamos observando como en diferentes campos de la sociedad profesionales de la educación, la sanidad, la economía, la sociología, etc, coinciden al afirmar que las actuales patologías o enfermedades del siglo XXI (la insatisfacción, la intolerancia a la frustración, la depresión, ansiedad, el estres, etc) pueden ser un serio obstáculo para afrontar con energía problemas tan graves como los cambios climáticos que ya sufrimos, los enfrentamientos intergeneracionales o las consecuencias de la progresiva distancia entre las sociedades del bienestar y las sociedades de la supervivencia.

Hemos querido publicar en nuestro Blog integramente el artículo que la pasada semana publicó en la Vanguardia Jose Antonio Marina, filósofo de la modernidad, educador, escritor, etc, con relación a todo esto. No estamos cien por cien de acuerdo con todo lo que afirma, tampoco pretende ser un análisis científico, pero si merece la pena reflexionar (hoy en día un lujo exótico) sobre el trasfondo del mensaje. Lo importante, creemos, es pararse un poco a pensar a cerca de todo esto, recliclarnos en nuestro modo de vivir poco a poco y a partir de aquí trabajar individualmente y colectivamente por alcanzar un bienestar realista y no artificial al que pretenden que alcancemos y sigamos siempre deseando.

¿Por qué si estamos tan bien nos sentimos tan mal?

Jose A.Marina.
La Vanguardia. Agosto 2007

“… Con este paisaje al fondo, voy a hablar de la felicidad. Las encuestas que se hacen sobre este asunto son poco de fiar. En España, por ejemplo, más del 70% de la gente dice sentirse satisfecha con su vida, con su trabajo, con su familia. En cambio, cuando se le pregunta como cree que se sienten los demás, las respuestas suelen ser muy negativas: la vida está mal; el trabajo peor; y la familia, ultrapeor. Esta incoherencia patente se debe a que, al menos en España, un cierto pudor impide reconocer que a uno no le van bien las cosas. Porque hacerlo se interpreta como el reconocimiento de un fracaso, y eso no le gusta pregonarlo a nadie. Suele decirse que hay culturas mejor preparadas para disfrutar que otras. Algo así como un ranking del hedonismo. De esa manera suelen enfrentarse los países mediterráneos a los países nórdicos, los trópicos a las zonas frías, el mundo rural al mundo urbano. Es posible que sea cierto, pero sospecho que esas diferencias se van amortiguando porque todas las sociedades sufren un proceso de homogeneización acelerada que las hace a todas –a todas- menos aptas para la felicidad. La pobreza es sin duda, un grave obstáculo para el bienestar. Pero la opulencia es un serio obstáculo para el sentimiento de bienestar. A esto se refiere el título de este artículo: ¿Por qué si estamos tan bien, nos sentimos tan mal?

Desde un punto de vista objetivo, de acuerdo con los índices de bienestar, generalmente aceptados –por ejemplo, los que utiliza la ONU- la situación del mundo desarrollado es muy buena. En nuestro caso, basta para comparar la situación actual con la que había en España hace 50 años. Y, sin embargo, es fácil comprobar una insatisfacción básica, que se revela en el número de separaciones y divorcios, las tasas de consultas a psicólogos, psiquiatras y similares, en el consumo de tranquilizantes, las depresiones, la violencia, el refugio en las drogas. Es disparatado decir que en cualquier tiempo pasado fue mejor pero tal vez haya disminuido nuestra capacidad para disfrutar. La ansiedad y la precipitación nos matan. Valoramos mucho lo que tenemos, y con frecuencia volvemos a valorarlo cuando lo perdemos. Entre un momento y otro, como afectados de un paréntesis anestésico, las cosas se devalúan. Es como si el presente estuviera infectado por urgencias futuras, que nos mantienen inquietos y distraídos.
Esto tiene una explicación psicológica y otra social. Nuestra percepción del bienestar se ha vuelto “diferencial”. No tiene que ver con lo que experimento objetivamente. Solo percibo la diferencia entre lo que esperaba y lo que tengo. Si espero poco, las posibilidades de frustración serán escasas; si espero mucho, por el contrario serán numerosas. Esto es lo que ha sucedido siempre. Lo que ha cambiado en la actualidad es la situación social. La sociedad de consumo es el alimento que unifica todas las culturas y provoca un aumento del bienestar objetivo acompañado de una disminución de la capacidad para disfrutar de ese bienestar.

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Vivimos en una “cultura de la incentivación continua del deseo”. Esto no había sucedido nunca. Ser codicioso, sentir y –como escribe Sartre- mil pequeñas gulas, estremecerse con concupiscencias proliferantes, se consideraba incluso de mal gusto. Las personas no deberían ser caprichosas. Ahora el mundo del consumo necesita apoyarse en una maquinaria continua de producción de deseos, promesas de felicidad y fomento de expectativas. Anuncios como “Tú lo vales”, “No esperes a poder tenerlo, tenlo ya”, “Todo esta al alcance de un clic”, “Disfruta ahora y no pagues hasta el año que viene”, son dispositivos que crean el malestar de nuestra sociedad opulenta, un malestar que me gusta llamar “el nuevo suplicio de Tántaro”. Todo esta-aparentemente-al alcance de la mano, ofrecido a mi, disponible. Pero cuando decido dejarme llevar por esa seducción, el objeto incitante se retira, se vuelve esquivo, se convierte en imposible. No es verdad que un perfume me dé éxito, ni una caja de ahorros un préstamo. El mundo de la publicidad me asegura que puedo conseguir todo lo que no puedo conseguir, lo que produce una continuada frustración, una ansiedad que tiene dos únicas salidas, como muy bien saben los psicólogos: la depresión o la furia.

Depresión y violencia serán-según auguró el último congreso Mundial de Psiquiatría-las grandes plagas del siglo XXI..
Nos hemos metido en un circulo cerrado, en una trampa para osos, para mantener la producción hay que fomentar el consumo y para fomentar el consumo hay que aumentar los deseos. Lo importante es vivir “ansiando” cosas. Pero el sapientísimo idioma nos indica que el ansia y la ansiedad están estrechamente emparentadas. El “campo de la publicidad” es símbolo de un mundo irreal. Los publicistas recomiendan que después del “marketing de la necesidad” se pase al “marketing de la frustración”. Leo en una revista especializada: “La publicidad nos ayuda a mantener a las masas insatisfechas con su modo de vida , descontentas con lo que les rodea. Las personas satisfechas son peores clientes que las personas frustradas”. Creo que todos necesitamos aprender a disfrutar con las cosas buenas que tenemos. La comparación continua, la mirada al de al lado para ver lo que tiene, lo que consume o lo que nos ofrece, nos sumerge en una inquietud si salida. Envidio la sensibilidad oriental, en especial la Zen, y su capacidad para captar el instante sin codicia. Los sabios griegos consideraban que “la educación para el placer”-para disfrutar adecuadamente- era la meta de toda buena educación, Epicuro, tan denostado por sus enemigos, no decía otra cosa. Escribe a un amigo: “Envíame un tarrito de queso, a fin de que pueda darme un festín cuando me apetezca. Lo insaciable no es el estómago, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que el estómago necesita hartura infinita”.
Me temo que este cambio de sensibilidad será difícil de conseguir, porque vivimos “intoxicados de seducción”. Estamos dulcemente aprisionados por un sistema muy bien armado de conceptos, creencias, expectativas, instituciones, que nos permite aumentar nuestro bienestar, al mismo tiempo que nos incapacita para ser conscientes de ello. De la tupida y olvidada trama de este sistema, les hablaré otro día.”

Jose Antonio Marina (publicado en Agosto en La Vanguardia)

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Desde Treehugger, nos advierten que no sólo consumir no da la felicidad y crea insatisfacción sino que es perjudicial para el planeta.

Y es que por cada dólar/euro que se gasta en Occidente “yendo de compras” se traduce en 720 gramos de emisiones de gases de efecto invernadero y 28 litros de agua gastada inútilmente…

Aquí el enlace:
http://www.treehugger.com/files/2007/08/shopping_is_cos.php

Cris 2007-09-02 6.43 pm

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