Archive for October, 2007

Pese a que vivimos en una sociedad donde lo lúdico está muy presente, por ejemplo, en la comunicación, en el aprendizaje, etc., parece que hemos olvidado que dar espacios para el juego a los más pequeños es un aspecto fundamental para su desarrollo. Nos planteamos aquí, cómo jugamos y cómo deberíamos jugar en la era de las tecnologías de la información.
Pese al desarrollo de la tecnología, pocas cosas han cambiado en el valor que le damos al juego en la infancia. Para empezar, se trata de un tiempo y un espacio que se encuentran fuera de las obligaciones, un lugar sin reglas (más allá de las que el propio juego impone) donde nos sentimos libres (Huizinga, “Homo Ludens”). Se trata de una actividad placentera donde los participantes pueden “crear un mundo aparte” que sólo es real durante el tiempo que dura el juego y totalmente “desinteresada”, ya que al no formar parte de la realidad, no hay provecho posible más allá que la diversión del momento y “la satisfacción de revivirlo”. Esa definición de juego, que data de hace casi un siglo, y (¡afortunadamente!) sigue totalmente vigente.
Y a pesar de esa cualidad de “pequeñas vacaciones” de la vida que describió Huizinga ya en los años 30, el juego es una actividad fundamental para nuestra educación. En primer lugar porque es una actividad que facilita la sociabilización de los niños, creando vínculos y complicidades ya que se crea “el sentimiento de hallarse juntos en una situación de excepción, sustrayéndose a las normas generales”. Además, los juegos fomentan la imaginación y la expresión corporal. Se trata de una “representación” donde sus participantes, pese a saber que se trata de una ficción, “actúan como si fuera verdad, aunque sin perder por completo la conciencia de la realidad”
El valor educativo del juego
Naturalmente, a lo largo de sus casi tres décadas de historia, los videojuegos han probado sobradamente su capacidad para recrear mundos de fantasía con sus propias reglas, donde los usuarios pueden “sumergirse”. Con el tiempo, las tramas se han vuelto más complejas y ricas, de la misma forma que han proliferado todo tipo de títulos y esta forma de ocio se ha extendido tanto, que ya son muchos los centros escolares y profesores que ven en este medio un vehículo idoneo para enseñar de manera amena no sólo contenidos, sino también valores. En nuestro país tenemos la experiencia pionera de Pilar Lacasa (podéis encontrar un artículo más completo en este enlace), pero estas iniciativas han sido experimentadas en países de todo el mundo. En Reino Unido destaca la labor de la investigadora Sara de Freitas. Para ella, se trata tan sólo de adaptar la escuela a la realidad de los niños (“los videojuegos ya forman parte de su realidad cotidiana y no se debe ignorar en el entorno docente”) aunque “los juegos siempre se han utilizado como vehículo para el aprendizaje”. Según de Freitas, mediante el uso de materiales y dinámicas lúdicos, “se favorece la motivación e implicación, principales causas del fracaso escolar”
El valor de los juegos “de siempre”
Sin embargo, a la vez que se reclama la introducción de los videojuegos de las aulas, otras voces se alzan reivindicando el valor de los juegos tradicionales. Y es que “la hora del patio” y “salir al parque” pueden tener beneficiosos efectos sobre los pequeños. Para empezar, por su valor sociabilizador. A diferencia de los videojuegos, los juegos tradicionales se practican en equipo o junto a otros niños. De esta forma, y hay que volver a Huizinga, se crea “un sentimiento de hallarse juntos en una situación de excepción, de separarse de los demás y sustraerse a las normas generales”. Desarrollar las normas de ese espacio “aparte”, acatarlas, discutir y consesuar el papel que cada uno tiene y otros pasos relacionados con el juego, hacen que los participantes pongan en práctica el diálogo y ciertas reglas de las relaciones sociales. En palabras de Julian Richter, que lleva tres décadas desarrollando parques infantiles y observando las dinámicas que se crean entre los niños “la clave es que se diviertan y que se sientan libres para jugar. Entonces serán capaces de hacer movimientos físicos, jugar creativamente con los materiales, estar de acuerdo con otros niños que también están allí jugando, es decir, desarrollar las relaciones sociales. Entonces se convierten en individuos capaces de ser creativos y tomar decisiones” (BDU es la empresa española que le representa)

Por otra parte, como se ha demostrado en un estudio reciente, pueden ser un potente arma contra la obesidad (y no es un tema baladí, ya que los niños españoles son los más obesos de Europa). Así, en un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Castilla-La Mancha, donde se midió y pesó a más de mil niños durante dos años a la vez que se les ofrecía una actividad extraescolar basada en los juegos tradicionales al aire libre, reveló que un programa de actividad física con juegos tradicionales reduce la obesidad infantil. Asimismo, este tipo de juegos aumentan la autoestima y el rendimiento académico de los niños. Mairena Sánchez, responsable del estudio, declaró al diario El País que “los niños lo único que quieren a esas edades es jugar. Así que pensamos en qué tipo de juegos y de qué manera podrían participar todos los escolares, introduciendo el ejercicio físico como una actividad extraescolar divertida”, a partir de juegos “de toda la vida”.
También para los mayores
Además de estas aportaciones directas sobre el cuerpo y la mente del niño, los juegos tradicionales han tenido un papel crucial que parece destinado a desaparecer. Y es que, el contexto del parque público donde se producían estos juegos, servía también como espacio para la comunicación entre generaciones e, incluso, como articulador de la vida pública. Este rol del parque como espacio público para el encuentro de personas de edades distintas, que pueden interactuar y comunicarse, lo destaca también Julian Richter, experto en el diseño de estas áreas. “Las zonas lúdicas se deben utilizar para unir a los ciudadanos, a varias generaciones al mismo tiempo” Se trata.de desarrollar lugares “donde la gente” (sin identificar rangos de edad) “esté a gusto”. En ese contexto, los niños, pero probablemente, también en cierta manera los adultos “se convierten en individuos capaces de ser creativos y tomar decisiones sociales. Y este debería ser un objetivo para toda la sociedad. Todos deberíamos querer formar parte de una sociedad con individuos capaces de tomar sus propias decisiones, de interactuar socialmente y, por último, de ser creativos, es decir, tener ideas y seguir sus propios puntos de vista”. Para Richter, todo esto se fundamenta en los espacios lúdicos y en el juego ordenado pero libre de los más pequeños.
Así, parece que unos y otros están de acuerdo con que el juego forma parte del proceso de crecimiento de los niños. Son tan importantes los que se desarrollan en el entorno doméstico de manera individual. Los videojuegos y la tecnología en general, se han ido incluyendo en la escuela por ser el lenguaje más conocido y valorado por las nuevas generaciones, pero también por servir como entorno “de inmersión” apto para vehicular todo tipo de materias. Mientras tanto, otros parecen querer recordarnos que los juegos que se realizan por equipos o junto a otros niños, al aire libre, exigen cierta dosis de imaginación y creatividad, a la vez que estimulan la sociabilidad de los niños. Como ya hemos visto en otras ocasiones, quizá los juegos en el futuro deban mezclar elementos de uno y otro mundo. Aunque es también posible que sea una labor de los educadores, recordar el valor que tiene en ocasiones, jugar con otros niños bajo la sombra de un árbol. ¡Y sin necesidad de enchufes!
Utani




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