La inteligencia emocional hoja de ruta de educadores
El pasado cinco de Septiembre leía un artículo en El País, “La escuela saca suspenso en emociones” de Joaquina Prades en el que analizaba con rigor la división entre partidarios del profesorado español por tratar de implantar técnicas para educar los sentimientos con cada alumno y los que defienden la clásica vía de la “letra con sangre entra”.
Una realidad que como padre también veo reflejada en la educación en casa con los hijos. Lo cierto es que cuando he pasado de interactuar con mis hijos (dialogar-participar de las inquietudes de los hijos-tratar de comprender-escuchar pacientemente) a tomar el papel de padre que está en el cielo (púlpito para padres, estrado para profesores) la democracia familiar del “buen talante” ha pasado a “guerra fría” con un “Check in point Charlie” entre el salón de casa y sus habitaciones. ¿Me equivocaba? Seguro que muchas veces, encontrar la medida justa de las cosas es una virtud. Una fórmula que a mi me funciona: Amor+paciencia+respeto mutuo-escandalizarse=confianza.
Prades apunta, “La inteligencia emocional, impulsada en los años noventa por las teorías de aprendizaje del psicólogo Kart Rogers, consiste en desarrollar la capacidad de sentir, entender las causas de este sentimiento, controlarlo y modificarlo. Para ello existen técnicas. El instituto Español de Inteligencia Emocional de Madrid es uno de los que enseña especialmente a los profesores. Su instructora, Ana Bayón, explica cómo primero se pone nombre al sentimiento: furia, cólera, rabia, miedo, frustración…para saber a que nos enfrentamos. Una vez identificado, sabemos qué hacer.”
Funciona. ¿Cuántos profesores han acabado en clase castigando y demonizando todo el curso al típico niño hiperactivo porque no paraba de molestar o moverse en clase? El castigo continuo, automatizado que acaba con los nervios del educador y acaba hundiendo en un pozo al niño, como decía Prades, del que no sabe salirse y le genera el rechazo de sus compañeros y acudir al colegio se convierte en una pesadillas para el niño.
La otra cara de la moneda, como cuenta Prades, es cuando un mal comportamiento se puede trabajar desde la auto reflexión. Un alumno que no se ha portado bien “cuando acuda a clase al día siguiente contará en una pequeña asamblea qué hizo mal, por qué lo hizo y cómo cree él o sus compañeros que puede mejorar. Pedirá disculpas, o se autoimpondrá alguna tarea en beneficio de los demás, y a cambio no se permitirá que ningún niño le insulte o menosprecie por su comportamiento y a ningún docente se le ocurrirá colgarle la etiqueta de “caso perdido”. Además de colegios privados que ya trabajan en esto, un colegio pionero en España en educar desde la emoción es el colegio público María Sanz de Sautola en Santander, Los profesores de este colegio saben por experiencia que prácticamente ningún niño es un caso perdido. Todo depende de cómo se le enseñe a reaccionar ante el conflicto.”
“¿Es la inteligencia emocional, como aseguran los profesores que la utilizan, una herramienta eficaz para pacificar el ambiente escolar y contribuir a formar mejores personas? ¿O se trata de una moda pasajera, algo ingenua, que no tiene en cuenta que una cosa es la teoría y otra muy distinta vérselas cada día con un grupo de fieras que sólo piensan en divertirse y se niegan a esforzarse? ¿Acaso no hemos aprendido a base de castigos y el que vale, vale, y el que no, al 30% de fracaso escolar que sitúa a España en el furgón de cola educativo de la UE?” Estas son preguntas que Joaquina Prades expone y que perfectamente son aplicables a la educación paterno filial.
¿Es la inteligencia emocional una fórmula eficaz para educar a tus hijos en el entendimiento y el diálogo y aprendan en la vida a usar de forma inteligente sus emociones? ¿O es la disciplina del “firmes”, el ordeno y mando el “porque lo digo yo” la mejor manera de sobrellevar la educación de tus hijos hasta que se vayan de casa? Seguramente ambas posturas exigen una total dedicación como padres, desde luego tendrán mas valor que la postura cómoda de muchos de huir de la confrontación y el estrés tirando del recurso de este siglo, aparcar los hijos con sus consolas, messengers, etc.
Tomar conciencia de que no estas solo, de que tu problema tiene solución porque lo has verbalizado y otros te han escuchado es un buen comienzo. Tanto para profesores, como alumnos, como hijos, como padres.
Como señalaba en su artículo “Educar no es sólo transmitir conocimientos. Ése es el segundo objetivo. El primero es formar personas.” Cambiar castigos, gritos y nervios por paciencia y diálogo puede con el tiempo llevar a cambiar radicalmente una situación límite en una clase como en una familia. Tal vez son argumentos que hemos oído más como consejos tranquilizadores a padres desquiciados. Pero en los colegios todavía hay muchos centros y educadores que les cuesta salir de la inercia de transmitir conocimiento en frío sin sentimientos. Para eso, dice Prades, “están los psicólogos y psiquiátras”. Algo que también a nuestros padres les costaba admitir. Un hijo problemático en casa o en clase se trataba a base de palos y pocos miramientos, el último paso dramático y socialmente degradante era acudir a un “loquero”. El aparcamiento de causas perdidas.
Elsa Punset en su libro “La brújula de los navegantes emocionales” hace una reflexión muy interesante sobre todo esto:
“Cuando somos niños, los adultos no parecen respetarnos demasiado: se nos dice implícitamente que tenemos que formarnos de acuerdo a sus indicaciones, porque somos imperfectos e ignorantes. Nuestro ego- la imagen de nosotros mismos que ofrecemos a los demás- se afianza así paulatinamente a imagen y semejanza de ellos, de aquellos adultos que nos rodean en casa, en la escuela y en la sociedad. Cada vez nos parecemos menos a nosotros mismos y nos confundimos más con la ropa con la que nos están vistiendo. Poco a poco desaparece el niño verdadero y emerge el adulto con coraza. Algún día llegamos a olvidar- casi- quienes éramos de verdad. Los demás tampoco podrán saberlo.
Convencidos de que no pueden confiar en sus sentimientos y de que su mente es todavía débil, los niños entregan su autoridad a los adultos que les rodean: padres, maestros, familiares, vecinos… Probablemente no dejarán ya de hacerlo jamás -siempre temerán que sus decisiones conscientes, y por supuesto su forma de sentir la vida, sus emociones, no sean las adecuadas.”
“Necesitamos imperativamente la aprobación de los demás para sentirnos adecuados” dice Punset. De lo contrario somos excluidos socialmente porque la exclusión se relaciona con un sentimiento de desaprobación, desprecio, vacío. ¿Cuántos casos de bulling se han originado desde el lado del profesor más que desde los alumnos porque su desaprobación airada ante un caso “imposible” ha influido en el resto de los alumnos? En el umbral del siglo XXI, explica Punset, las emociones, gracias a las puertas abiertas de la neurociencia, pueden catalogarse, comprenderse e incluso gestionarse: son la llave de nuestro centro neurálgico, llámese cerebro, alma, conciencia o libre albedrío.
El hecho cierto es que por mucho que un profesor trate de educar en las emociones a sus alumnos, si estos no son educados y “trabajados” de igual forma en la familia, pocos buenos resultados obtendrán.
www.ElsaPunset.com
Otro ejemplo de centro donde se trabaja educacion emocional: Colegios Waldorf.
Aquí el artículo completo: “La escuela saca suspenso en emociones” de Joaquina Prades, EL PAIS
Angel Herraiz
Utani



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