Situación del discurso ecológico en el currículo educativo
En Utani creemos que el respeto al entorno debe formar parte de los valores básicos de la ciudadanía en esta sociedad global. El agotamiento de los recursos, la amenaza a la biodiversidad, el cambio en el modelo de consumo y, en general, el sinfín de desafíos que nos plantea la actual crisis medioambiental (silenciada temporalmente por esa otra “crisis”, la económica, que medios y políticos pintan como más importante cuando, una y otra, están íntimamente relacionadas) deben definir, desgraciadamente, nuestras acciones y lo harán, probablemente con mayor urgencia, en el futuro.
El sistema educativo, por lo tanto, debe formar a los alumnos para actuar de forma responsable sobre el entorno, en el marco de otros valores igual de importantes, como la convivencia, el diálogo y el respeto a la diferencia). La cuestión medioambiental parece entrar en el currículo escolar (¿lógicamente?) en el ámbito de la asignatura Educación para la ciudadanía, en los objetivos del tercer ciclo de la Educación Primaria (quinto y sexto curso). Entre los 10 propósitos de la asignatura aparece “valorar y cuidar el medio ambiente y el entorno” que se incluye en el bloque “vivir en sociedad”. En ese único curso de este ciclo, esa noción se refiere al respeto al entorno inmediato. Es decir, enseñar al alumno ciertas actitudes cívicas respecto a su escuela y su ciudad (no dañar los equipamientos comunes, no ensuciar, etc.).
En niveles superiores, ya en la Enseñanza Secundaria Obligatoria, sí que se habla de la problemática medioambiental así como “el papel de los organismos internacionales, las declaraciones” y demás intervenciones de instituciones en el asunto, que aparece en el mismo bloque que en el ciclo anterior (“vivir en sociedad”). En éste también se incluyen una serie de contenidos bajo el título genérico de “Consumo racional y responsable” donde se enseña a los alumnos a tener un actitud crítica con la publicidad y su gran influencia sobre nuestros comportamientos pero también señala la adquisición y renovación innecesaria de productos como causa del deterioro del medio ambiente. En este sentido, son numerosos los foros, webs profesionales e incluso blogs de profesores que recomiendan el documental de animación The Story of Stuff de Annie Leonard como material para tratar esta parte de la materia; que es, por otra parte, una aproximación a este asunto muy cercana a la de Utani.

En el cuarto curso de la ESO se incluye Educación Ético-Cívica, como extensión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía. De nuevo, en el bloque de contenidos dedicados a la descripción de la sociedad contemporánea (llamado en esta ocasión “Problemas sociales del mundo actual”) será el que arropará los contenidos relacionados con el medio ambiente. En este caso, aparece por primera vez a lo largo del currículo la noción de “desarrollo sostenible”. Eso sí, explicado junto a las nociones de cooperación o los movimientos de defensa de los Derechos Humanos.
Para los alumnos que cursen Bachillerato, esta asignatura se transforma en Filosofía y ciudadanía y continúa incluyendo aspectos relacionados con la cuestión medioambiental. Entre los objetivos se incluye (con en el resto de casos anteriores, en el último punto) la necesidad de “desarrollar una conciencia cívica, crítica y autónoma (…), comprometida con la construcción de una sociedad democrática, justa y equitativa y con la defensa de la naturaleza”.
La “naturaleza” como algo ajeno e idealizado.
No entraremos a juzgar si esta cuestión merece más o menos horas en el currículo, pero sí nos gustaría valorar cómo se trata la crisis medioambiental. Los contenidos de la asignatura tienden a ir agrupados de lo concreto (el individuo) a lo general: del YO (autonomía persona, relaciones, derechos, etc.), al OTRO (respeto a la diversidad racial, cultural y sexual), al MUNDO (sociedad democrática, participación, respeto a otras culturas), donde se incluiría las cuestiones relacionadas con el medio ambiente.
No entraremos en el enfoque algo conservador, sino directamente etnocéntrico, y poco cercano a la realidad social de nuestro país de la mayoría de asuntos (esas “otras culturas y religiones” ya están en nuestras aulas y forman parte del nuevo “nosotros”) porque conllevaría analizar la sociedad misma, tarea inabarcable aunque que bien daría para muchos otros artículos, pero sí en lo acotada y lejana visión de la naturaleza con la que se trata esta materia.
Siempre se ha criticado, y cada reforma educativa trata de mejorarlo con más o menos éxito de lo compartimentado de las materias en la educación y de cómo los valores de la Educación para la Ciudadanía debían “atravesar” todas las materias. En ese contexto, es cuanto menos sorprendente como en lo que respecta al cuidado del medio ambiente parecen diluirse responsabilidades y mostrarse como una problemática “de la sociedad global”.
Más allá de los consejos y prácticas sostenibles que se recomiendan al alumno, parecen obviarse cuestiones menos “bucólicas” relacionadas con el deterioro del planeta. Así, no se habla de las incidencias que tendrá en nuestro futuro (el YO) ni de las desastrosas consecuencias que ahora mismo ya sufren poblaciones y países (ese OTRO), fruto de este modelo de crecimiento (no sólo por fenómenos climáticos y cambios en el planeta sino también la destrucción de bosques para producir piensos animales para la industria ganadera o la “exportación” de basura tecnológica a países lejanos donde la población se ve obligada a trabajar “clasificándolas” sin unas medidas mínimas de seguridad ni para ellos ni para su entorno).
En los temarios, las responsabilidades parecen ser cosa de los organismos internacionales que buscan soluciones (siempre a posteriori) a los problemas del planeta con tratados y acuerdos. Al otro lado del espectro, se recomienda al alumno (lo desarrollaremos más ampliamente a continuación) pequeñas acciones llamadas a “contener” el deterioro de la situación, como reciclar o consumir menos energía. El papel de las políticas nacionales, de las grandes compañías, los medios de comunicación y, también, de determinados valores sociales no aparece en los temarios. De la misma forma, cuestiones vinculadas con la naturaleza misma del sistema en el que vivimos (la noción de obsolescencia, el consumo como forma de identificación con los otros o de valorarnos en nuestro entorno, etc.) parecen quedar en manos de los profesores, si es que estos quieren incluirlas.
Corrección política en el aula, incorrección en la vida.
El cínico lema “haz lo que digo y no lo que hago” parece reinar en la educación patria en cuanto a valores se refiere. Y con esto, no nos referimos, ni mucho menos, al profesorado sino al resto de los actores sociales que intervienen en la educación (es decir, el resto de ciudadanos, los medios de comunicación, etc.). Según leíamos en un acertado artículo de opinión de Francisco J. Laporta (El País, 16 de mayo de 2006 – enlace al texto íntegro en educacionenvalores.org), parece haber una disociación entre lo que se enseña en la escuela y el mundo real que viven los niños cuando no están en el aula. El catedrático de Filosofía de Derecho de la UAM hablaba de cómo, tras un encuentro con maestros y educadores, éstos hablaban de cómo (dentro y fuera de la asignatura de ciudadanía) se trataba de enseñar al alumno las reglas del “buen ciudadano” (responsabilidad sobre acciones y decisiones, resolución de desacuerdos mediante al diálogo, respeto a las normas y a la autoridad, tolerancia a la diferencia, igualdad de género, cuidado del entorno, etc.) para luego en sus casas, en sus ciudades y en los medios de comunicación, los adultos hacen exactamente todo lo contrario.
En el caso de la concienciación sobre la problemática ecológica, esta contradicción entre lo que se debería hacer y lo que realmente se hace no sólo se encuentra entre la escuela y lo que sucede fuera de ella, sino que está en las mismas materias que estudian los chavales. En su (amplísimo) Estudio del currículum oculto antiecológico de los libros de texto, un análisis cualitativo de 60 libros de texto de asignaturas y editoriales diversas dirigidas a 6º de primaria y 1º de bachillerato, la ONG Ecologistas en Acción denuncia una suerte de “agenda oculta” en materia medioambiental. Los libros de texto, que tienden a ser considerados “verdad absoluta” y pocas veces son puestos en duda por los alumnos, parecen apoyar en todo momento las nociones de progreso, crecimiento y desarrollo. Estos textos docentes presentan un mundo donde “sumar es siempre mejor que restar”, el sistema tecnológico e industrial que se alimenta de la naturaleza no se cuestiona o en general, se celebra el sistema actual como único posible y como “avanzado” respecto a otras culturas que realizan economías de subsistencia.
El mejor de los mundos posibles (mientras dure)
En ese contexto, la introducción de la problemática medioambiental se realiza desde la corrección política, donde se insta al alumno a pequeñas acciones que, si bien necesarias, no son ni mucho menos suficientes. Reciclar o apagar luces y otros gestos sencillos se sugieren al alumno, pero no el cuestionamiento del consumo o cambios más profundos (aunque no por ello igual de simples y llevaderos) como otros hábitos en la dieta o en el transporte que sí serían más efectivos a la hora de frenar el deterioro del entorno. Como ya habíamos señalado, no sólo no se pone en duda el modelo productivo actual ni el sistema económico (como sucede en los contenidos de Educación para la Ciudadanía), sino que, al contrario, estos se ensalzan no sólo como único modelo posible, sino como el mejor de ellos (donde otras formas de economía, por ejemplo, aquellas centradas en una economía de subsistencia que, curiosamente, muchos plantean como alternativa al crecimiento y fórmula para construir una sociedad más sana y sostenible) se tildan en muchos manuales de “atrasadas”. El consumo, en cambio, se estimula y aparece asociado de manera indisoluble a la noción de bienestar y calidad de vida, obviando cómo estos han cambiado el ritmo de nuestras vidas (la “velocidad”, como el “transporte” o el “descubrimiento” son conceptos que aparecen como positivos) creando no poco malestar y nuevas patologías que la adquisición de bienes no puede resolver. De la misma forma, las consecuencias de la industrialización de la alimentación o la generación de residuos se tratan, de acuerdo con el estudio, con flagrante ligereza: “Se conciben como una consecuencia inevitable del desarrollo y de la sociedad de consumo. Sólo se propone su tratamiento, confiando en la tecnología, nunca la posibilidad de no producirlos o integrarlos en los procesos naturales”. Y pone como ejemplo un texto de Historia Contemporánea de Bachillerato (Ed. Edelvives) que despeja cualquier duda sobre: “La producción de basuras es proporcional al grado de desarrollo de una sociedad, pero los remedios ensayados para la eliminación de los residuos sólidos urbanos aún no han resuelto el problema”.
Utani




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