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Vivir de manera sostenible ha dejado de ser un propósito bienintencionado para convertirse en un compromiso que todos debemos asumir. Con la amenaza del cambio climático confirmada como certeza científica, se impone la necesidad de reordenar nuestra vida cotidiana y nuestros hábitos para, en la medida de lo posible, hacer una aportación al freno del calentamiento global. Desde Utani proponemos una lista de recetas sencillas para que nuestro día a día deje una huella menor en nuestro planeta. Y es que todas las acciones que realizamos a diario pueden tener su lado verde. Adoptar estos gestos supone un minúsculo esfuerzo que, sin duda, vale la pena.
* Por la mañana:
1. ¡Riiiiiiiiing! ¡Pi pi pi pi pi! Uno nunca se acostumbra al despertador. Aunque siempre nos levantemos enfurruñados y pidiendo “cinco minutitos más”, suena cada mañana. Lo que sí podemos hacer es utilizar cambiar las pilas del despertador por unas recargables o, mejor aún, recuperar el de la abuela y darle cuerda un ratito cada día.
2. Nada como una ducha tonificante para arrancar el día ¡Mejor que un baño! De esta forma, además que coger energía para enfrentarnos a la jornada ahorramos una media de 30 litros. Si cerramos el grifo mientras nos enjabonamos, nos ponemos el champú o nos cepillamos los dientes, sumamos otros tantos litros de este bien tan escaso.

3. Es el momento de desayunar. ¿Eres de los que no puede salir de casa sin tomar un café? ¡Yo sí! Si utilizas una cafetera de filtro, sustituye los de papel, de un solo uso, por uno permanente.
4. ¿Cómo es nuestra cocina? Si podemos elegir, usar una cocina de gas es más sostenible que las encimeras y los hornos eléctricos (¡también es mejor para nuestro bolsillo!). Los expertos recomiendan un híbrido de ambos: la vitrocerámica de gas. Las cocinas de inducción calientan el doble de rápido que las convencionales.
5. Hora de ir a trabajar. ¡Y al cole! Si vivimos cerca del lugar de trabajo y de la escuela, lo más recomendable es ir andando o en bicicleta. Además, siempre haremos un poquito de ejercicio, bueno para el planeta y para nuestro corazón. Naturalmente, la segunda opción más sostenible es el transporte público.

6. Si no tenemos más remedio que utilizar el coche, podemos intentar ahorrar emisiones (¡y dinero!) compartiéndolo con los compañeros de trabajo. ¡Ah! Y no conviene pasar de los 90 km/h. Además de evitarnos más de un susto, ahorraremos un 25% de combustible.
* En el trabajo:
7. El ordenador se ha convertido en la herramienta fundamental para la mayoría de trabajos. Apágalo siempre que vayas a estar más de una hora sin usarlo (al entrar en una reunión, atender a una visita, durante las pausas para comer, etc.) Se estima que un 12% de nuestra factura eléctrica anual, es decir, de la energía que todos consumimos, responde a aparatos en modo stand by.
8. Internet y la tecnología digital nos permite concentrar en único aparato múltiples funciones. Usa el ordenador como equipo de música, radio o teléfono. Si te limitas a utilizar aplicaciones sencillas (procesadores de texto, hojas de cálculo, etc.), enviar correo electrónico y navegar por Internet, no necesitas un aparato muy potente ni un gran monitor. Si puedes, elige preferiblemente un portátil.
9. Son muchos que no entienden todavía que vivimos inmersos en la era digital y, aún así, imprimen centenares de páginas. Debemos promover la digitalización de nuestra oficina siempre que sea posible. Cuánto menos papel usemos, mejor. Aunque si no hay más remedio, usa papel reciclado (que ya no tiene el aspecto “viejo” de antaño) y, para documentos internos, imprime las hojas por las dos caras. ¡Recicla!
10. ¿Eres de los que en verano lleva un jersey en la mochila y en invierno trabaja en manga corta? Si es así, es posible que tu empresa no sólo esté exponiendo a sus trabajadores a más de un constipado, sino que esté gastando inútilmente muchísima energía. Tanto la calefacción como el aire acondicionado debe ajustarse a 21ºC, resolviendo de paso, las eternas rencillas entre frioleros y calurosos.

11. Sé activo. Preocuparse por el medioambiente implica una actitud positiva. Busca tú mismo y propón a tus jefes (¡aunque te caigan mal! ¡El planeta no entiende de simpatías!) soluciones para economizar recursos en la compañía. Por ejemplo, cada vez hay más empresas que rellenan toners y cartuchos de impresora. De esta forma evitamos desechar un montón de plástico. Por si fuera poco, pueden llegar a costar un 50% menos (¿quién sabe? ¡quizá conseguiremos hasta suavizar tensiones nuestros superiores!).
12. Confesémoslo, a menudo, los viajes para reunirnos con otras delegaciones o clientes de otros países sirven para poco más que sacarle a la empresa una comida gratis y, como mucho, una noche de hotel. Sin embargo, para nuestra atmósfera supone una dosis extra de CO2. Los programas de mensajería instantánea, las vídeo conferencias, la telefonía IP y otras tecnologías nos permiten “reunirnos” sin movernos de nuestro escritorio. ¡Utilízalas siempre que te sea posible! Si no, intenta convencer a tu empresa de la necesidad de compensar las emisiones, haciendo una aportación a alguna ONG comprometida con el medio ambiente.
* Hora de comer:
13. Si hace tiempo decidiste que era el momento de dejar atrás los grasientos menús, hay ciertas cosas que pueden hacer tu almuerzo, además de sano, más sostenible. La fiambrera y el “tupper” de toda la vida son preferibles al papel de aluminio y al film transparente. Reutilizar es siempre mejor opción que usar productos de un solo uso.
* Al salir de la oficina:
14. ¡Qué rollo! Después de una larga jornada, y ahora toca hacer recados y tareas domésticas. Primero: pasar por el súper. Lleva siempre bolsas de tela o usa un carrito cuando vayas a hacer la compra. Dicen que por el mundo circulan al año entre 500 mil millones y 1 billón de bolsas de plástico, muchas de ellas se dispersan por el ambiente y acaban llegando a ríos y océanos.
15. Hay productos que conviene ir evitando, y es que cuántos menos embalajes tengan los alimentos, menos desechos y residuos generaremos. Evitar las bandejas de porexpan o los tetrabriks en la medida de lo posible y comprar productos a granel es más recomendable (y probablemente, más sano) que echar mano de los envasados y precocinados. Sucede igual con los productos de un solo uso, usa aquellos estrictamente necesarios. ¡Además, las servilletas y los pañuelos de tela son más bonitos!
* De vuelta a casa:
16. ¡Por fin en casa! Nada más entrar, encendemos las luces. Cambia las bombillas incandescentes (las de toda la vida) por unas de bajo consumo. Gastan menos energía y nos ahorran unos euros, aproximadamente 36 de la factura anual.
17. Después del trabajo, uno se merece un descanso. Debidamente repantingado en el sofá, te planteas que ya va siendo hora de cambiar alguno de los muebles. ¿Te has planteado de donde viene toda esa madera? Si necesitas alguna pieza de mobiliario nueva, pide que esté realizada con madera certificada FSC (que es un organismo que promueve la gestión social y ecológicamente sostenible de los bosques).
18. Es el momento de hacer una lavadora. Lava la ropa con agua fría y sin prelavado y NUNCA uses la opción de “media carga”. Como siempre, si puedes, elije los electrodomésticos clase AA+, que economizan energía.
* Al final del día:
19. Ya va siendo hora de recogerse. Una cena y ¡a dormir! Tapa las cacerolas mientras cocinas, así reduciás el tiempo de cocción y, de paso, el consumo energético.
20. Los médicos aconsejan no comer demasiada carne roja, dicen que con un par de veces al mes es suficiente. Parece que este manjar también afecta a la salud del planeta. No se trata de que todos nos volvamos vegetarianos, pero sí de reducir el consumo. Los animales producen grandes cantidades de metano, un gas de efecto invernadero. Las grandes granjas (llamadas en inglés “granjas-factoría”) de ganadería ovina y vacuna se consideran del todo insostenibles. Toma un bistec menos al mes, son todo beneficios. Estos animalitos también precisan de una media de 155 litros de agua para producir un quilogramo de su carne.
21. Está demostrado que el agua del grifo tiene la misma calidad que la embotellada, ¡sólo que de 2.000 a 10.000 veces su precio! El fenómeno de “las aguas de marca”, afortunadamente, ya quedó atrás y (cool o no) lo responsable es beber del humilde pero perfectamente controlado grifo. Así que acompaña tus comidas con agua fresquita (ten una jarra de cristal en la nevera) y evitarás las nocivas botellas de plástico, cuya fabricación impacta en el entorno (se estima que se utilizan un millón y medio de barriles de petróleo para fabricar todas las botellas de agua que consume Estados Unidos) y no más sostenible es el final de su vida, si no se reciclan correctamente.
* Antes de ir a dormir:
22. Un rato de tele para relajarse y ¡a la piltra! ¿Hace fresquito? Ponte un jersey o tápate con una manta, es mejor que subir la calefacción. ¿Calor? Abre varias ventanas de manera que circule el aire por tu casa. Antes de comprar sistemas de climatización, es mejor asegurarse de que la vivienda está debidamente aislada. Ahorraremos unos euros y un derroche de electricidad que no conviene al planeta.
23. Antes de que nos dé demasiada pereza, es el momento bajar la basura. ¿A quién le toca hoy? ¡Vaya! Lleva tus desperdicios clasificados y utiliza los contenedores de reciclaje correctamente. Ya sabes, en el bidón verde el vidrio; en el azul, papel y cartón; y en el amarillo plástico y envases. ¡Cuidado con las pilas! Recuerda que no se pueden tirar al contenedor, ya que contaminan el agua. Lo mismo con los aparatos electrónicos (como los teléfonos móviles), que contienen sustancias tóxicas. Infórmate de los “puntos verdes” de los que dispone tu ayuntamiento para estas “basuras” especiales. O mejor, busca organizaciones no gubernamentales que le den una vida a tu viejo móvil u ordenador.
24. Es el momento de cuidar de tu pequeño jardín (o balcón). Regando a esta hora del día, no sólo cuidamos la salud de nuestras plantas, sino que ahorramos agua, puesto que el sol no la evapora.
Ahora sí, ¡ ya podemos irnos a dormir con la conciencia bien tranquila!
Desde Utani vamos observando como en diferentes campos de la sociedad profesionales de la educación, la sanidad, la economía, la sociología, etc, coinciden al afirmar que las actuales patologías o enfermedades del siglo XXI (la insatisfacción, la intolerancia a la frustración, la depresión, ansiedad, el estres, etc) pueden ser un serio obstáculo para afrontar con energía problemas tan graves como los cambios climáticos que ya sufrimos, los enfrentamientos intergeneracionales o las consecuencias de la progresiva distancia entre las sociedades del bienestar y las sociedades de la supervivencia.
Hemos querido publicar en nuestro Blog integramente el artículo que la pasada semana publicó en la Vanguardia Jose Antonio Marina, filósofo de la modernidad, educador, escritor, etc, con relación a todo esto. No estamos cien por cien de acuerdo con todo lo que afirma, tampoco pretende ser un análisis científico, pero si merece la pena reflexionar (hoy en día un lujo exótico) sobre el trasfondo del mensaje. Lo importante, creemos, es pararse un poco a pensar a cerca de todo esto, recliclarnos en nuestro modo de vivir poco a poco y a partir de aquí trabajar individualmente y colectivamente por alcanzar un bienestar realista y no artificial al que pretenden que alcancemos y sigamos siempre deseando.
¿Por qué si estamos tan bien nos sentimos tan mal?
Jose A.Marina.
La Vanguardia. Agosto 2007
“… Con este paisaje al fondo, voy a hablar de la felicidad. Las encuestas que se hacen sobre este asunto son poco de fiar. En España, por ejemplo, más del 70% de la gente dice sentirse satisfecha con su vida, con su trabajo, con su familia. En cambio, cuando se le pregunta como cree que se sienten los demás, las respuestas suelen ser muy negativas: la vida está mal; el trabajo peor; y la familia, ultrapeor. Esta incoherencia patente se debe a que, al menos en España, un cierto pudor impide reconocer que a uno no le van bien las cosas. Porque hacerlo se interpreta como el reconocimiento de un fracaso, y eso no le gusta pregonarlo a nadie. Suele decirse que hay culturas mejor preparadas para disfrutar que otras. Algo así como un ranking del hedonismo. De esa manera suelen enfrentarse los países mediterráneos a los países nórdicos, los trópicos a las zonas frías, el mundo rural al mundo urbano. Es posible que sea cierto, pero sospecho que esas diferencias se van amortiguando porque todas las sociedades sufren un proceso de homogeneización acelerada que las hace a todas –a todas- menos aptas para la felicidad. La pobreza es sin duda, un grave obstáculo para el bienestar. Pero la opulencia es un serio obstáculo para el sentimiento de bienestar. A esto se refiere el título de este artículo: ¿Por qué si estamos tan bien, nos sentimos tan mal?
Desde un punto de vista objetivo, de acuerdo con los índices de bienestar, generalmente aceptados –por ejemplo, los que utiliza la ONU- la situación del mundo desarrollado es muy buena. En nuestro caso, basta para comparar la situación actual con la que había en España hace 50 años. Y, sin embargo, es fácil comprobar una insatisfacción básica, que se revela en el número de separaciones y divorcios, las tasas de consultas a psicólogos, psiquiatras y similares, en el consumo de tranquilizantes, las depresiones, la violencia, el refugio en las drogas. Es disparatado decir que en cualquier tiempo pasado fue mejor pero tal vez haya disminuido nuestra capacidad para disfrutar. La ansiedad y la precipitación nos matan. Valoramos mucho lo que tenemos, y con frecuencia volvemos a valorarlo cuando lo perdemos. Entre un momento y otro, como afectados de un paréntesis anestésico, las cosas se devalúan. Es como si el presente estuviera infectado por urgencias futuras, que nos mantienen inquietos y distraídos.
Esto tiene una explicación psicológica y otra social. Nuestra percepción del bienestar se ha vuelto “diferencial”. No tiene que ver con lo que experimento objetivamente. Solo percibo la diferencia entre lo que esperaba y lo que tengo. Si espero poco, las posibilidades de frustración serán escasas; si espero mucho, por el contrario serán numerosas. Esto es lo que ha sucedido siempre. Lo que ha cambiado en la actualidad es la situación social. La sociedad de consumo es el alimento que unifica todas las culturas y provoca un aumento del bienestar objetivo acompañado de una disminución de la capacidad para disfrutar de ese bienestar.
Vivimos en una “cultura de la incentivación continua del deseo”. Esto no había sucedido nunca. Ser codicioso, sentir y –como escribe Sartre- mil pequeñas gulas, estremecerse con concupiscencias proliferantes, se consideraba incluso de mal gusto. Las personas no deberían ser caprichosas. Ahora el mundo del consumo necesita apoyarse en una maquinaria continua de producción de deseos, promesas de felicidad y fomento de expectativas. Anuncios como “Tú lo vales”, “No esperes a poder tenerlo, tenlo ya”, “Todo esta al alcance de un clic”, “Disfruta ahora y no pagues hasta el año que viene”, son dispositivos que crean el malestar de nuestra sociedad opulenta, un malestar que me gusta llamar “el nuevo suplicio de Tántaro”. Todo esta-aparentemente-al alcance de la mano, ofrecido a mi, disponible. Pero cuando decido dejarme llevar por esa seducción, el objeto incitante se retira, se vuelve esquivo, se convierte en imposible. No es verdad que un perfume me dé éxito, ni una caja de ahorros un préstamo. El mundo de la publicidad me asegura que puedo conseguir todo lo que no puedo conseguir, lo que produce una continuada frustración, una ansiedad que tiene dos únicas salidas, como muy bien saben los psicólogos: la depresión o la furia.
Depresión y violencia serán-según auguró el último congreso Mundial de Psiquiatría-las grandes plagas del siglo XXI..
Nos hemos metido en un circulo cerrado, en una trampa para osos, para mantener la producción hay que fomentar el consumo y para fomentar el consumo hay que aumentar los deseos. Lo importante es vivir “ansiando” cosas. Pero el sapientísimo idioma nos indica que el ansia y la ansiedad están estrechamente emparentadas. El “campo de la publicidad” es símbolo de un mundo irreal. Los publicistas recomiendan que después del “marketing de la necesidad” se pase al “marketing de la frustración”. Leo en una revista especializada: “La publicidad nos ayuda a mantener a las masas insatisfechas con su modo de vida , descontentas con lo que les rodea. Las personas satisfechas son peores clientes que las personas frustradas”. Creo que todos necesitamos aprender a disfrutar con las cosas buenas que tenemos. La comparación continua, la mirada al de al lado para ver lo que tiene, lo que consume o lo que nos ofrece, nos sumerge en una inquietud si salida. Envidio la sensibilidad oriental, en especial la Zen, y su capacidad para captar el instante sin codicia. Los sabios griegos consideraban que “la educación para el placer”-para disfrutar adecuadamente- era la meta de toda buena educación, Epicuro, tan denostado por sus enemigos, no decía otra cosa. Escribe a un amigo: “Envíame un tarrito de queso, a fin de que pueda darme un festín cuando me apetezca. Lo insaciable no es el estómago, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que el estómago necesita hartura infinita”.
Me temo que este cambio de sensibilidad será difícil de conseguir, porque vivimos “intoxicados de seducción”. Estamos dulcemente aprisionados por un sistema muy bien armado de conceptos, creencias, expectativas, instituciones, que nos permite aumentar nuestro bienestar, al mismo tiempo que nos incapacita para ser conscientes de ello. De la tupida y olvidada trama de este sistema, les hablaré otro día.”
Jose Antonio Marina (publicado en Agosto en La Vanguardia)



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